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Rafael Urrea: un optómetra sin fronteras

Publicado en Noticias | Jueves 26, de Septiembre de 2019 | Actualizado el Viernes, 15 de Noviembre de 2019
Rafael Urrea: un optómetra sin fronteras
Rafael Urrea. Foto

De ser un habitante más del pueblo pasó a convertirse en su héroe. Rafael Urrea, oriundo de Charalá y menor de cuatro hermanos, ha sido reconocido en distintos medios a nivel regional por su labor de recorrer cada fin de semana los municipios de Santander ayudando a cientos de campesinos y personas necesitadas que no tienen acceso a un especialista para el cuidado de sus ojos. El optómetra sueña con recoger más apoyo para poder ayudar a un número mayor de personas.

Cursó sus estudios de primaria en el casco urbano del municipio, ubicado a 135 kilómetros de Bucaramanga, salvo el primer año, donde estuvo en una escuela rural en el campo. Tras graduarse del colegio José Antonio Galán, emprendió un viaje a la capital del país para estudiar Optometría en la Universidad de la Salle. Regresó a la Ciudad Bonita para trabajar en la Fundación Oftalmológica de Santander, Foscal, y con el tiempo fue ganando experiencia y conocimientos que hoy le permiten atender a quienes más lo necesitan.

¿De qué forma nació su gusto por la optometría?

En Charalá. Cuando era joven no había optómetras allí. Solo estaba el médico rural, pero no tenía ni idea de qué era la optometría y la oftalmología. Terminé el colegio y no sabía qué estudiar porque no había orientación profesional. Fue una tía que vivía en Bogotá, que era monja y directora de un colegio allá, la que nos orientó y elegí el área de la salud. Incluso, me presenté a medicina, pero realmente nuestra formación en el pueblo era muy baja y pues no pasé a esa carrera. Para optometría, mi tía me llevó unos 15 días antes a Tunja en un colegio a prepararnos, nos llevaba a la biblioteca para que leyéramos y me presenté a La Salle y pasé en su momento. Luego, me tocó enfrentar la realidad de entrar a una universidad privada con un nivel intelectual de los compañeros mayor al de uno e incluso un poco de bullying en los primeros semestres. Al principio, no sabía muy bien qué era la optometría, pero ya después empecé a encontrarle el gusto.

¿Cómo empezó su carrera como optómetra?

Después de finalizar mi carrera como optómetra en Bogotá, pude ingresar a la Clínica Ardila Lülle por recomendación de una amiga. Tuve la posibilidad de trabajar ahí y el primer programa en el que estuve involucrado fue una unidad móvil que iba por los municipios de Santander haciendo lo relacionado con la optometría y la programación de cirugías. Era un bus grande y nos quedábamos en cada municipio tres o cuatro semanas. Después terminé haciendo consulta ahí en la Foscal y luego con el doctor Virgilio Galvis en cirugía refractiva que era el fuerte de él. Los últimos 13 años, terminé trabajando con Juan Carlos Rueda, en el Departamento de Glaucoma de la Foscal, una de las patologías más delicadas de los ojos al igual que la retina.

¿Cómo surgió ese deseo de ayudar a los demás desde su profesión?

Posiblemente en Charalá. Cuando iba a visitar a mi mamá al pueblo en los festivos o vacaciones, ella tenía amigas que quería que las atendiera para ver cómo las podía ayudar. Yo le decía que no tenía equipos, pero ella insistía, así que trataba de identificar cosas básicas del segmento anterior o secreciones, irritaciones, entre otros. Después, con la formación en la Ardila Lülle, ya tenía un conocimiento mayor, fui adquiriendo mis equipos y el primer consultorio que monté fue allá en Charalá. Antes, con lo básico atendía a la gente del pueblo en mi casa, incluso en mi pieza donde tenía mi ‘consultorio’ con una silla y una cartilla de lectura. Entonces, ahí nace esa idea que siguió después con algunos programas de la Ardila Lülle con los que viajamos a varios municipios. Sin embargo, con esos programas la gente se veía una vez y ‘chao’ porque la clínica solo cubría una visita y después quedaban desamparados. Es por eso que se ve hoy en día muchas personas con varias patologías y una cantidad de remisiones y órdenes por ejecutar que nunca se concretaron.

En los casos de mayor gravedad donde una visita al fin de semana no puede solucionar el problema ¿Qué es lo máximo que puede hacer por los pacientes?

Lo más importante a nivel de la salud yo creo que es calmar el dolor. Cuando uno calma el dolor, la persona le da tiempo de espera en muchas cosas, pero el dolor es lo que más lo agobia o lo que más lo desespera. En los ojos hay muchas cosas que producen dolor o fastidio como una simple conjuntivitis, alergia o lesión en la córnea. Entonces se les presta primeros auxilios, algunos laboratorios me regalan medicamentos de muestras y las guardo y las llevo, mientras que a los otros se les puede formular algo que puedan conseguir en la farmacia. Así se atiende la urgencia y a muchos se les puede solucionar allá con los equipos portátiles que llevo. A los que no, por medio de un ‘convenio verbal’ con algunos oftalmólogos que saben que yo salgo a los pueblos, les doy una remisión y ellos ya tienen un teléfono fijo o directo al cual llamar, decir que yo los remití y obtienen una cita a una hora fija sin tanta vuelta donde los atienden muy bien a unas tarifas más económicas.

¿Cómo maneja los costos de las consultas al ser personas de escasos recursos?

Es difícil. Hay que tener ahí cierto pulso. Eso lo manejan las secretarias y en cada pueblo tengo a una persona o líder que conoce a la gente del pueblo, porque al principio pecaba ayudándole y regalándole al que tiene, al que de pronto viene mal vestido, pero es dueño de fincas grandes y ganado y uno no lo conoce. Entonces el líder del sector conoce y le dice a uno quién verdaderamente no tiene, para ver si le podemos pagar. Diría que no hay ninguna persona que me haya pedido el favor que no tenga y que yo no la atienda. Después empecé a colocar una tarifa muy económica y asequible para tratar de subsidiar al menos los gastos de desplazamiento, secretaria, alimentación y hospedaje, la cual puede oscilar entre los 10.000 y 40.000 pesos dependiendo del caso. Pero, el que me comentan ellos que verdaderamente no tiene, siempre digo “pásela”. Si no tiene cómo comprar las gotas, toca buscarlas, mirar si hay muestras o poner uno mismo de su bolsillo. Lastimosamente, no se pueden todos, porque no se tiene un recurso ni una entidad que esté ayudando.

¿Cómo ha sido el apoyo del Estado a este tipo de iniciativas?

De pronto el Estado no conoce lo que hago. Hasta ahora, por petición de mis hijos que empezaron a decirme que publicara lo que hago en Instagram y Facebook, es que estoy manejando ese tema de las redes tal vez desde hace tres o cuatro meses. Entonces ya ha pasado que mucha gente se ha enterado y publican sobre lo que hago. Desde ese punto de vista es bueno y sano que de pronto llegue a oídos de alguien y el Estado piense en ayudar y ver qué es lo que estamos haciendo.

¿De qué forma financia sus visitas a los pueblos?

Con recursos propios. Con lo que se recoge en algunas consultas o venta de gafas, de ahí se sacan los gastos de movilizarnos y del recurso que queda siempre saco algo en cada pueblito para poder ayudar a alguien. De paso con los amigos, en los diferentes grupos de Whastapp, subo una imagen sobre algún caso y pregunto cómo pueden ayudarme. Todos han sido muy sensibles y ya no estoy solo, sino que en el grupito son varias personas diciendo que me ayudan con las gafas o con cincuenta mil pesos y se recoge. Hemos conseguido incluso recursos para operar pacientes con catarata que eso ya es mucho más costoso. Son cosas puntuales ante una necesidad tan grande, les agradezco esto no para enaltecerme, sino para conseguir unos recursos para poder ayudar a más gente.

¿Cuántos pueblos, además de Charalá, suele visitar?

Voy variando dependiendo de las invitaciones que me hagan. El año pasado tuve la oportunidad con una fundación que ubicó una unidad móvil que estuvo a mi disposición, pero yo tenía que mantenerla. Sin embargo, lo hice y pude visitar 48 municipios de Santander donde se les cobraba una consulta de 10.000 pesos, por lo que era más asequible poderlos atender. Se les hacía la parte de optometría, pero gracias al entrenamiento y la formación que tengo, se ha podido hacer cosas como lo que se ha llamado tamizaje en oftalmología, detectar una catarata o un problema de retina o glaucoma.

¿Cómo es el apoyo de su familia a la labor que usted hace?

Al comienzo fue difícil. Yo tampoco lo entendía muy bien porque en la Ardila Lülle estaba trabajando y viajaba a los pueblos, era pago y se daba el recurso, por lo que pude participar de programas donde ayudaba más por tratarse de la Gobernación y la clínica. Cuando empecé a hacerlo de forma particular los fines de semana, empecé a abandonar la casa y fue muy difícil con mi esposa por mis hijos, entonces me tocaba entre semana sacar un momento en la tarde o en las noches para compartir. Pienso que ahí soy culpable y sacrifiqué mucho tiempo con mi familia. Incluso hace tres años hice una especialización en segmento anterior en la Santo Tomás buscando formarme más en lo que son patologías e infecciones en los ojos y eso me implicaba todo un fin de semana. Además de tener que estudiar, por lo que también sacrificaba mucho tiempo. Fueron momentos difíciles, pero ya ahora hemos conciliado, les pedí perdón por haberles quitado tanto tiempo. Realmente, sin la ayuda de ellos y sin haberlo permitido, no habría podido hacerlo y seguir haciéndolo, ya de los cuatro fines de semana viajo solo tres o dos.

¿Qué es lo que más le genera satisfacción de ayudar a las demás personas?

Eso me preguntaba hace unos días cuando tuve una jornada fuerte en Sabana de Torres y San Rafael por el calor y las condiciones en las que atendía. Soy muy sensible a los abuelos y a ver el abandono que sufren, ni siquiera del Estado sino de los hijos. Verlos con esa alegría con la que llegan ellos y cuando tú les solucionas el problema el solo escucharlos y compartir con ellos es muy bonito. A veces uno no necesita regalarles cosas materiales, sino regalarles afecto. Una vez tuve una oportunidad de pasar un día de la mujer en un pueblito, comprar unas rosas para regalarles a todas las mamás y una señora se acercó llorando y me dijo que jamás le habían regalado una flor. Ver su alegría y emoción en la cara son momentos que lo mueven a uno.

¿Cómo se visualiza a futuro con su proyecto de recorrer los pueblos de Santander ayudando a las personas?

Hablaba en estos días con mi hijo que estudia Medicina en la UIS y que dice que quiere estudiar Oftalmología. No he querido presionarlo, pero ojalá que siga con este legado y tenga sentimientos hacia el dolor ajeno que hay en el campo. También, espero poder seguir ayudando ya con un proyecto mayor, ojalá consiguiera una ONG o unas personas que quieran darle más formalidad a esto y coordinarlo con una persona que se encargue. Ojalá llegara el día en que no tuviéramos que cobrar nada porque hay alguien que envía y aporta los recursos.

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