Fotos: Cortesía
Aún no había amanecido cuando Bucaramanga se enteró de la noticia. Un silencio extraño recorrió las calles y se instaló en el estadio que alguna vez fue su casa. Nelson David Rivero Beltrán, “Paquetico”, había muerto, y con él se detenía por un instante la memoria futbolera de la ciudad.
La ciudad que lo vio correr detrás de una pelota se quedó quieta por un instante. Los más viejos lo recordaron con la camiseta auriverde, desbordando la punta derecha del estadio —en esa época— Alfonso López; los más jóvenes apenas sabían que ese nombre —Paquetico Rivero— guardaba una leyenda en sí mismo.
En su casa, en el corazón del barrio, una brisa tibia movía los retratos de Nelson con el uniforme del Atlético Bucaramanga, con su sonrisa serena, con su mirada de hombre noble. En el aire había olor a café recién colado, a flores frescas, a memoria viva. En las paredes, las fotos hablaban solas. El alma de su gente, al enterarse, también.
El origen de un apodo
El nombre Paquetico nació mucho antes de los aplausos. Lo contóél mismo alguna vez en una entrevista con esa gracia santandereana que convertía cualquier anécdota en relato.
“Nos decían los Paquetes por mi hermano Pedro”, recordaba entre risas. “Él estudiaba en la UIS y como no tenía maletín, llevaba sus cosas en una bolsa. Entonces, los amigos le decían: “¿Para dónde va Pedro con ese paquete? Con ese paquete, con ese paquete”. Y así, Paquete se quedó. Como yo era el menor y el más pequeño de estatura de mis hermanos (1.64 m), terminé siendo ElPaquetico.
Ese diminutivo se volvió identidad. No solamente era un apodo: era una forma de cariño, una metáfora de su tamaño pequeño y de su corazón enorme. En la cancha, Paquetico era más grande que todos.

El barrio que lo vio crecer
El barrio Alfonso López fue su escuela antes de que lo fuera el estadio. Allí, entre las calles de tierra y los gritos de los niños, Nelson aprendió que el fútbol no se juega con los pies, sino con el alma.
Su cuñado, Jorge Alberto Bohórquez, lo conoció desde los años setenta, cuando él era un niño y Nelson un adolescente de 18 años que empezaba a salir con su hermana Aleja.
“Yo lo vi jugar primero en el equipo del barrio”, recuerda Jorge. “Y aunque ya era profesional, seguía viniendo a jugar en la barriada. Era un jugador bajito, pero tan rápido que parecía viento. Un día, por allá en el 78 le metió un gol al América que todavía no se me olvida. Desbordó por la punta derecha, dejó al defensa atrás, amagó al arquero y lo metió como si nada. La gente gritó su nombre como si fuera un himno.”
Aquel gol fue el preludio de una historia. En esa época, el fútbol era otra cosa: concentraciones cortas, entrenamientos sin lujos, pocos cupos para un jugador colombiano y salarios que llegaban cuando podían. Pero Nelson tenía una fe que no cabía en el cuerpo. Jugaba sin pensar en la fama. Jugaba porque el balón lo llamaba.
La oportunidad dorada
El año 1975 marcó un antes y un después. El profesor Víctor Piñarelli, técnico del Atlético Bucaramanga, lo convocó para un partido en el que un extranjero argentino y titular se lesionó. Era su momento.
Nelson, no durmió ni la noche, ni la semana anterior. Prometió que si hacía un gol en el primer tiempo se ganaría la titularidad. Y así, lo hizo. Desde entonces, su nombre fue sinónimo de entrega, velocidad y talento.
Alejandra Bohórquez, su esposa, recuerda esos años con un brillo de nostalgia.
“Yo tenía catorce años cuando lo conocí.Él ya jugaba en el Bucaramanga y todo el barrio hablaba de él. Era amable, chistoso, detallista. Me conquistó con su manera de ser. Mi papá no me dejaba tener novio, así que nos veíamos a escondidas.Él se esforzaba para verme, y eso, lo hizo más bonito. Nos casamos el 16 de diciembre de 1978, y desde entonces nunca nos separamos”.
Para Alejandra, el fútbol fue la banda sonora de su amor. Las canchas, los uniformes, los viajes, las concentraciones. Vivió con él los triunfos y las ausencias, los sueños truncos y las risas infinitas. En 1981, el Deportivo Táchira de Venezuela lo quiso contratar para jugar la Copa Libertadores, pero Aleja estaba a punto de dar a luz a su primera hija: Natalia. Así que él renunció a ese sueño y prefirió quedarse.
—Yo no iba a dejar sola a mi mujer —decía—. La familia es mi equipo más importante.

Un jugador de otra época
Nelson jugó casi 8 años en el Atlético Bucaramanga; su casa fue la amarilla. Era veloz, imparable. En las narraciones de radio de los años 70 , su nombre sonaba como un eco de esperanza en un equipo que todavía buscaba una estrella.
Eusebio Enrique Vera Lima, su mejor amigo y compañero de cancha en dichos años de gloria, lo describe con afecto:
“Nelson era mi hermano de la vida. Nos conocimos a los 15 años.Él era puntero derecho, de esos que ya no existen. Tenía picardía, hambre gol y nobleza. Nunca lo vi con una cerveza en la mano, solo con su cigarrillo escondido antes de un partido.Él era disciplinado, honesto, fiel a su familia. En la cancha y en la vida, siempre fue limpio. Su ritual antes de salir al campo era sencillo: zapatos bien embolados, un cigarrillo rápido, como le digo, y una sonrisa. Luego, a correr hasta que el cuerpo diera a basto.
Cuando el Bucaramanga enfrentaba a los grandes —Millonarios, América, Nacional—, Paquetico deslumbraba”.
Una vez, en 1978, hizo un gol de volea tras un tiro de esquina contra Millonarios. Carlos Antonio Vélez, que narraba el partido, lo llamó uno de los goles más impresionantes que había visto en su carrera. Pero Nelson nunca se la creyó.
Decía que el fútbol era como la vida: “no se juega para que lo aplaudan, sino para que lo recuerden”.
El retiro y la otra cancha
Cuando decidió dejar a un lado los guayos, lo hizo con la serenidad de quien sabe que cumplió su ciclo. Se dedicó a enseñar. Fue docente de fútbol en las Unidades Tecnológicas de Santander y en la Nacional de Comercio. Entrenó a niños, formó equipos y abrió escuelas de fútbol. Alejandra sonríe cuando lo llama “el profe”, como le decían en el conjunto donde vivían.
“Era querido por todos. Donde llegaba hacía amigos. Cuando se enfermó, yo no podía creer la cantidad de gente que preguntaba por él”, Comenta Aleja. Un día me dijo: “¿Cómo será cuando me muera?” Y así fue. Su funeral fue increíble, lleno de gente, como el de una estrella. Todos lo amaban”.
Eusebio estuvo allí, como siempre. Lo acompañó desde el vestuario hasta el último adiós.
“Dios me dio la oportunidad de escoger a mis hermanos —dice—, y uno de ellos fue Nelson. Si lo tuviera enfrente, lo abrazaría no solo con los brazos, le abrazaría el alma”.

El padre y el hogar
Nelson fue más que un futbolista. Fue un esposo fiel, un padre ejemplar y un abuelo encantador en esta vida. Natalia, su hija mayor, lo recuerda entre música y risas:
“él nos enseñó a bailar, a jugar, a mirar la vida con amor y honestidad. Siempre tenía una frase alegre, un dicho, un chiste o una canción. Era el alma de la fiesta. No le importaba lo que pensaran los demás. Era auténtico, y eso me marcó. Aprendí de él a ser feliz sin miedo”.
Catalina, la hija del medio, guarda en la memoria su pasión por el fútbol.
“Mi papá vivía el fútbol con devoción. Cuando mis hijos jugaban frente a él, se sentaba en la tribuna observando, porque siempre lo primero que hacía cuando llegaba a la casa era entrenarlos, repasar jugadas con ellos y acompañarlos a sus partidos. Mis hijos, hoy, siguen jugando este maravilloso deporte y siempre hablan de su Tito como si todavía estuviera con nosotros”.
Juan David, el hijo menor del Paquetico, heredó su talento y su temple: “mi papá decía que yo tenía más talento que él, pero eso, no era cierto.Él era único. Me llevaba a todos los partidos, incluso cuando jugaba en la barriada. Me enseñó a no rendirme, a ser agradecido. Era mi papá, pero también mi amigo”.
Cuando el hijo de Juan David, Thiago nació hace dos años, Nelson volvió a ser un niño.
—Tiene mi temperamento —decía—, ese picante de los Rivero. “Mi papá era agradecido hasta con un abrazo. Todo lo valoraba. Por eso, conectaba tanto con la gente. Cuando veo a Thiago jugar, siento que mi papá sigue aquí. Y si algún día lo volviera a ver, solo le diría gracias. Gracias por todo papá”, dice con una sonrisa al recordarlo.
El amor que baila
El matrimonio de Nelson y Alejandra duró 46 años, un amor que sobrevivió a los goles, a las derrotas, a la enfermedad y al tiempo.
Ella habla con ternura y sin una sola lágrima: “cumplimos lo que prometimos ante Dios: hasta que la muerte nos separara. Fue un esposo increíble, un padre amoroso. Siempre decía que yo era la mujer diez. Nos gustaba la misma música, la salsa, Los Melódicos, El Gran Combo de Puerto Rico. Bailábamos en la sala como si estuviéramos en un salón de fiestas.Éramos felices a granel”.
Cuando él se enfermó, Aleja fue su enfermera, su cómplice y su fuerza. Lo cuidó hasta el último día. “Él nunca se quejó, siempre decía que iba para adelante, siempre tuvo fe”.
El funeral
El día de su despedida, en la funeraria San Pedro, en el salón principal, la pasión desbordó. Un periodista de Vanguardia hasta escribió: “no había visto tanta gente en un entierro”.
Vecinos, hinchas, amigos, exjugadores, alumnos. Nadie quería faltar. Algunos llevaron camisetas amarillas, otros fotos, otros flores. Era como si toda la ciudad y su familia se hubieran reunido para agradecerle.
Alejandra sostenía las manos de sus hijos. Natalia, lloraba en silencio. Catalina, rezaba desde la distancia en los Estados Unidos. Juan David, observaba el féretro y pensaba que el fútbol, al fin y al cabo, era eso: “un juego que nos enseña a decir adiós con gratitud". En un rincón, Eusebio, su gran amigo, lo miraba con la serenidad del amigo que entiende la eternidad:
—Paquetico no se fue. Solo cambió de cancha.

El eco del legado
Nelson Rivero no murió. Vive en la memoria de quienes lo vieron jugar, en la risa de su esposa, en las anécdotas de Jorge, en los pasos de baile de Natalia, en la pasión de Catalina, en la voz agradecida de Juan David, en los recuerdos de Eusebio y en el legado futbolístico que le dejó a sus nietos: Matías, Gerónimo, Isabella, Gabriela, Antonella, Thiago y Juan Sebastián.
Cada vez que el Atlético Bucaramanga marca un gol, alguien levanta la mirada al cielo.
Y dicen que allá arriba, en una tribuna infinita, un hombre bajito y sonriente saca un cigarrillo escondido, le da una calada y aplaude despacio. Porque el fútbol para él nunca fue solo un deporte: fue la manera más pura de amar la vida.
Epílogo
A veces, en las madrugadas de Bucaramanga, cuando el viento baja desde los cerros y las luces del estadio se apagan, alguien jura escuchar el sonido leve de un balón que rueda.
Es la memoria viva de un hombre que entendió que los sueños no se acaban, solo cambian de forma. Nelson David Rivero Beltrán, Paquetico Rivero, sigue corriendo.
Corre en el recuerdo de un gol, en las manos que aún aplauden su nombre, en la sonrisa de sus nietos que heredan su pasión, en su hijo con su temple, en el amor que Alejandra le guarda en el corazón. Porque hay hombres que no se van del todo.
Hay hombres que viven, que viven allá en el cielo de las estrellas, donde rueda el alma.





