Ilustración portada: Valery Pasachoa
La educación inclusiva en Colombia avanza en el papel, pero aún le falta transformar la cultura y la percepción ante la diferencia.
En Bucaramanga, cerca de 1.600 estudiantes con discapacidad asisten hoy a los colegios públicos de la ciudad. Dese 2009, el país impulsa una educación inclusiva con normas como el Decreto 366 y la Ley 1618 de 2013. Aunque el modelo busca garantizar equidad —y no solo igualdad —en el aprendizaje, todavía persisten desafíos: desde la capacitación de docentes hasta un cambio cultural necesario para ver la diferencia como una oportunidad y no como una barrera.
En 2009, Colombia inició un proceso de cambio para la educación inclusiva. El decreto 366 de ese año estableció que los estudiantes con discapacidad “tienen derecho a recibir una educación pertinente y sin ningún tipo de discriminación. La pertinencia radica en proporcionar los apoyos que cada individuo requiera para que sus derechos a la educación y a la participación social se desarrollen plenamente”. Con ello, el país buscó dejar atrás el enfoque médico y asistencialista, que trataba al estudiante como un paciente por rehabilitar, y no como un sujeto pleno de derechos.
Sin embargo, el decreto aún presentaba limitaciones. En 2013, la Ley estatutaria 1618 reforzó el proceso al establecer que “el Estado garantizará el acceso de las personas con discapacidad a una educación inclusiva, pertinente y de calidad en todos los niveles, asegurando los ajustes razonables, las acciones afirmativas y la eliminación de toda discriminación”. Con esta norma, de carácter superior, se obligó a las instituciones educativas a pasar del discurso a la acción, debía ser una práctica cotidiana dentro de las aulas.
Foto: Alcadía de Bucaramanga.
No obstante, los problemas persisten. “Los retos incluyen la transformación cultural, la resistencia al cambio de pensamiento de los maestros, la dificultad de cumplir las normas a pesar de un marco normativo claro”, afirma Clara Chacón, líder del proceso de Inclusión y Equidad de la Secretaría de Educación de Bucaramanga. Sus palabras evidencian que las barreras más difíciles no son legales, sino culturales y actitudinales.
Un caso que ilustra estos retos es el de Sonia Villamil, madre de Manuel David Nemocón Villamil. su hijo fue diagnosticado con epilepsia de crisis generalizadas, condición que, según el parte médico, afectó su aprendizaje. “David tuvo muchos problemas en el colegio; se le dificultaba mucho cualquier materia”, afirma Sonia. Según el relato: “los profesores le enseñaban de la misma manera que a los demás, yo no podía pagarle un colegio privado. Manuel perdió 3 años en bachillerato”.
Por eso el objetivo es que todos los niños convivan y aprendan juntos, la escuela es fundamental para este proceso. “Créanme que los niños, que han estudiado con ellos son las personas más buenas de este mundo”, asegura Clara Chacón. Su reflexión muestra cómo la convivencia temprana fomenta la solidaridad y el respeto por la diferencia.
El mayor reto actual es un cambio de pensamiento. Como lo reconoce Chacón: “uno encuentra maestros doctores en educación, maestrías en educación, pero transformación de mente no hay”. Sin embargo, es el momento preciso para cambiar el horizonte: los niños que hoy comparten un aula con compañeros distintos serán los adultos capaces de crear una sociedad más empática y solidaria.




