Foto de portada: @RTErdogan
Un país del medio oriente en el que las relaciones homosexuales son legales desde 1858, y llevan más de un siglo estando despenalizadas. Un país en el que las personas Queer tienen derecho a asilo según lo proclamado en 1951 y el cambio de género está permitido desde 1988. Uno de los pocos países de mayoría islámica que es constitucionalmente laico y, aún así, un país que crea operaciones para perseguir y detener a miembros de la comunidad LGBT+.
Eran horas de la noche del domingo 13 de septiembre cuando en Estambul, Ankara e Izmir, tres de las más modernas ciudades de Turquía, se comenzaron a registrar intensas redadas en diversos locales y discotecas con el fin de arrestar a activistas y personalidades reconocidas dentro de la comunidad bajo los cargos de “Contrariedad a la Ley y a la Moralidad” y “Crimen de Obscenidad”.
El Ministro de Justicia turco, Akın Gürlek, emitió un comunicado representando al gobierno nacional: lo que se estaba llevando a cabo se trataba del plan de acción “Mi Familia Está Segura”, el cual se envió a más de 175 fiscalías generales a lo largo del país con el objetivo de “proteger” rotundamente a las familias, los jóvenes y los niños frente a “contenidos y organizaciones que atentan contra la moral pública y la perjudican”.
Cumhurbaşkanımız Sayın @RTErdogan'ın ortaya koyduğu 2026–2035 Aile ve Nüfus On Yılı vizyonu doğrultusunda; aileyi, çocuklarımızı ve gençlerimizi her türlü istismar, müstehcenlik, suç ve zararlı içerikten korumaya yönelik mücadelemizi kararlılıkla sürdürüyoruz.
— Akın Gürlek (@abakingurlek) September 14, 2026
Bu kapsamda bugün,…https://t.co/pPmXbGtEdH
Horas bastaron para que la operación se extendiera por la mayor parte del territorio de la Península de Anatolia. Informes oficiales indican que, hasta el momento, se han efectuado privaciones de la libertad, censuras e incautaciones en más de 15 provincias, 38 domicilios, 13 empresas y 9 asociaciones célebres de la comunidad LGBT+ supuestamente sospechosas de estar cometiendo crímenes relacionados a la prostitución, perversión de la población y posesión o compra de estupefacientes.
Los ataques en el ciberespacio, por su parte, no se han quedado atrás: el acceso a más de 73 cuentas que producen y defienden contenido LGBT+ ha sido bloqueado; mientras que los medios de comunicación tradicionales, especialmente a la TRT (Corporación Turca de Radio y Televisión) que domina gran parte del contenido informativo en Turquía, no han hecho ni la más mínima mención a la situación en ninguno de sus canales de comunicación.
Los medios independientes, entonces, son los que han intentado sobrevivir en el algoritmo de las redes sociales en un intento de reportarle al mundo la problemática a través de carruseles informativos, pues la mayoría de sus notas y artículos publicados en la web han sido también bloqueados por el gobierno nacional. Una sola cosa tratan estos medios de comunicar: la operación disfrazada de “protección familiar” no es más que un descarado intento de borrar los derechos de los millones de turcos y turcas que hacen parte de la comunidad LGBT+.
A pesar de que Turquía es una nación laica desde su propia creación y ha roto estereotipos relacionados al comportamiento de la población en el medio oriente, lo cierto es que múltiples jóvenes no se equivocan al pronunciar en redes que, desde el momento en que el actual presidente de la República, Recep Tayyip Erdoğan, claro defensor de los valores conservadores del islam, asumió el mandato hace más de veinte años junto a su partido “AK Parti”, se han cometido retrocesos significativos.
Desde 2015, las marchas del Orgullo LGBT+ están completamente prohibidas; a partir de 2020, producciones turcas a cargo de servicios de streaming internacionales como Netflix o HBO son censuradas o multadas por presentar personajes potencialmente Queers y el organismo regulador de Turquía (RTÜK) inmediatamente cancela su distribución en televisión nacional; y ahora, el gobierno incluso hace responsable a la comunidad del descenso de la tasa natalidad del país.
Erdoğan, por su parte, se ha limitado a hacer un pronunciamiento a través de sus perfiles en redes sociales como Instagram, en el que invita a la población a que “confíen en su país” y que “no caigan en la desesperanza al ver las historias falsas y virtuales que se difunden en las redes sociales” mientras se centra especialmente en felicitar a los estudiantes y profesores por el inicio del nuevo año escolar.
Para una nación que, desde su nacimiento, intenta vender una imagen de modernidad, avance e innovación al mundo y que lleva más de dos décadas esperando ser admitida como parte de la Unión Europea, la cuestión ya no reside en qué tan cerca está Turquía de la parte occidental del mapamundi, sino qué tan lejos está dispuesta a llegar para alejarse de ella.




