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Yariguíes, bajo la sombra de lo atroz y lo sublime

Periodista: Ana María Mena / Andrea Suarez Orduz / Yennifer Tatiana Guarín
Correo periodista: / /
Edición: Andrés Felipe Velázquez
Correo de editor:

 

Árboles naranjas y rocas de todas las dimensiones incrustadas en el camino eran el preludio. Un camino que guiará hacia el horizonte de las montañas, montañas similares a la muralla china; solo que, en lugar de piedra, dibuja una amalgama de columnas boscosas.

 

Además, hay música: el canto de las aves que toman el protagonismo ante la ausencia del sonido, como un coro guiado por la batuta invisible y silenciosa de la naturaleza. Más adelante, se perciben gigantes adornados con hojas, algunos pensarán que son comunes, pero Joaquín Blanco ̶ un campesino de la zona ̶ disfruta contar que el verde de sus matas no se halla en otro lugar del mundo. Entonces, cuesta pensar que las raíces de esas plantas fueron testigos de las pisadas de los nativos y poco después de los violentos.

Un amplio anecdotario se aloja en ese pedazo de tierra montañosa: desde los niños que cazaban pájaros con caucheras, el joven que perdió su pierna izquierda a los 17 años, los desfiles de mujeres organizados por grupos ilegales, familias con ansias de poder, la mula que con dos ‘chichones’ en el cuello trabajaba, caminos coloniales sepultados bajo tierra, toparse a un oso de anteojos, pela’os trepados en las lianas de los árboles, hasta el hombre que se perdió desnudo cinco días en la selva y otro a punto de morir asfixiado por la altura.

En un rancho pobre había un anciano que vivía solo, llegó un grupo armado y preguntaron si les daba limonada; el señor, resignado por la costumbre, tomó con una mano el cuchillo, con la otra la panela y raspó, luego consiguió limones, terminó la tarea. Sirvió la limonada y la indagatoria comenzó:

― ¿Vino la guerrilla? ― Sí señor. ―¿Usted les dio limonada?―Sí señor.
― ¿Vinieron las autodefensas? Sí señor. ―¿Usted les dio limonada?―Sí señor.
― ¿Vinieron los paramilitares? ―Sí señor, también han pasado y limonada también me ha tocado darles.

El escondite de los bandidos

La Serranía de los Yariguíes, ubicada en la Cordillera Oriental Colombiana, contempla 59.063 hectáreas de bosque que se distribuyen en 10 municipios de la región santandereana: El Carmen de Chucurí, San Vicente de Chucurí, Simacota, Santa Helena del Opón, Zapatoca, Galán, Chima, Contratación, Hato y El Guacamayo. Lo que pocos imaginan es que esa selva espesa e inhóspita fue, desde la época colonial, el hogar de la sangre derramada; después, se transformó en el punto estratégico para que surgieran, armaran y transitaran grupos al margen de la ley.

Aquel bosque andino que hoy se conoce con 500 especies de aves fue percibido, desde la década de los 60, como bosque maldito. Allí se construyeron los caminos de herradura comandados por Geo Von Lenguerke hace 160 años; luego, al ser casi consumidos por la misma montaña, el olvido y el silencio, fueron despertados en 1964, por las botas empantanadas y fusiles echados al hombro del ELN.

Jaime Ardila, un historiador de San Vicente, cuenta la caminata larga y peligrosa que hizo el grupo subversivo para lograr su ataque: “como movimiento oficial subversivo solo comenzó el ELN. De hecho, la primera toma que hacen es en Simacota, que fue como el lanzamiento”. Una década más tarde es notable el debilitamiento del ELN y esto da paso a la presencia de nuevos grupos guerrilleros en la zona.

31 de diciembre de 1991. Mientras el resto del país se preparaba para recibir el año con fuegos artificiales, gente bailando, buñuelos, natilla y sancocho; en el Carmen de Chucurí, la finca de los Beltrán era el lugar de una toma guerrillera perpetrada por el Frente 12 de las FARC-EP: se llevaron los novillos, minaron la casa y la tumbaron a punta de dinamita. Moreno, un joven que trabajaba para la familia, decidió ir la mañana siguiente a verificar que las vacas siguieran allí; en su afán por pasar un portillo, pisó una de las minas y lo levantó como unos seis metros hacia el cielo. Edgar Moreno iba a cumplir tan solo 17 años y ya era víctima del conflicto que atosigaba los territorios cercanos a la Serranía.

Si para las aves resulta atractiva la Serranía por su clima y altitud, para los grupos subversivos lo pareció por su posición geográfica estratégica. Sí, aquel conjunto de montañas permitió también esconder los fusiles y el miedo, el miedo de los campesinos por dejar sus tierras. Los beneficios del camino, por simple que parezca, se extendieron hasta conocerse como corredor vial de los grupos al margen de la ley ―que a propósito sabían la ruta como la palma de su mano―pues facilitaba la entrada al Magdalena Medio y al centro del país.

Leonardo Rodríguez, un profesor de Artes nacido en San Vicente de Chucurí, pero con alma carmeleña seguro de sus propias palabras y comprometido con la reconstrucción de la memoria, cuenta sobre la estrategia de terrorismo que permitió la Serranía:

“Era la posibilidad de pasar de un municipio a otro con relativa seguridad. Ese alejamiento favoreció que ellos (grupos armados) estuvieran en un sitio seguro, tranquilo; donde sabían que no los iban a molestar”.

La casa era un vejestorio, su pintura desgastada y la puerta que se cerraba con un metro de cabuya lo anunciaban a gritos. Los únicos que cumplían su papel, al parecer, eran los perros que alertaban la llegada del extraño. En el interior de la casa se reconoce la silueta de un niño quien asomaba medio rostro por la ventana; con cautela porque muere de miedo, pero lo hace porque vive de curiosidad. No sale completamente del marco de la ventana, permanece impávido, tímido, arriesgado. Eso es Serranía, la dualidad entre querer descubrirlo todo y morir acribillado o preferir el silencio y caer en el olvido.

No los iban a molestar. ¿Y el Gobierno?

El abandono estatal era un cuento de no acabar; en El Carmen y San Vicente de Chucurí el ambiente pesado y el polvo de las carreteras se confundían con lo incierto que era el futuro: vías sin pavimentar y carente apoyo para sacar y elaborar los productos agrícolas. Con todo el dominio de la guerrilla, la comunidad se cansó― siendo el detonante el asesinato de Alirio Beltrán, alcalde de El Carmen en 1991― y se tomaron el poder los propios campesinos. Entre coraje y fusiles, reconquistaron su territorio.

Así es como las autodefensas aparecieron en la región y el Ejército Nacional pudo intervenir; tanto así que construyeron vínculos cercanos con personas del pueblo. No es para menos, pues los militares arreglaron los parques, las vías y enmendaron los puentes que había volado la guerrilla. Edgar Moreno, por ejemplo, agradece al Ejército Nacional porque ―según él― fueron ellos quienes lo salvaron luego del accidente con la mina.

Desde el Magdalena Medio, llegaron los paramilitares a las zonas, recorrieron con las mismas botas el suelo hecho por colonos, pisado por guerrillas y por autodefensas. El territorio seguía siendo el mismo, los árboles se renovaban con los años―al menos los que no talaban―, los animales sentían nuevamente extrañez, la extrañez de volver a escuchar pasos allí. Las rocas quizás se habían movido un poco, pero seguían igual de firmes―como la violencia en la zona―aún no había tranquilidad. Sin embargo, con la llegada de paramilitares, como lo dijo Pedro Beltrán con aire esperanzador: “los campesinos volvieron a ser campesinos”.

¿Acabó la guerra? El territorio de la Serranía de los Yariguíes tiene 15.024 víctimas del conflicto armado registradas. Desde categorizaciones de minas, masacres, asesinatos y torturas; pero, ¿la guerra cesó? Leonor Silva, con su hija de dos años en brazos, es el retrato de una vida empapada de Serranía: “cuando era pequeña pasaban muchos grupos por aquí, había que pagarles una cuota mensual y uno les colaboraba a ellos”.

En el paisaje sobresale una casa adornada de cientos de flores. Al acercarnos, nos percatamos de macetas hechas con botellas de límpido, otras de llanta y unas pocas en barro.

―Les doy permiso para que utilicen las cámaras, eso sí sin flash porque eso está comprobado que me daña las flores― advierte Milena Manrique, habitante de la vereda La Germania.

Fotografiamos y me queda zumbando en el oído la frase. Se tiene que amar mucho la flor para cuidarla hasta ese punto. Así pasó con la Serranía, hubo personas arriesgadas y gracias a ellas hoy se cuidan flores en vez de armas.

La reconstrucción

Sería preferible pensar que la culpa de los casi 30 años de lucha para constituirse como Parque Nacional fueran responsabilidad de los mismos árboles. Quizás se habían acostumbrado demasiado a guardar secretos de tomas, minas y surgimientos de grupos. Quizás, se sentían protegidos así, sin muralla alguna construida por Parques Nacionales o simplemente fue una serie extensa de eventos desafortunados que se sumaban y obligaban a dejar el sueño de resguardo nacional atrás.

Las voces de los historiadores cuentan la evolución de la Serranía. Joseín Solano, bailarín aficionado y precursor de la memoria colectiva de los chucuríes, dice: “la violencia de ese momento no permitía pensar en la riqueza natural y la prioridad era sobrevivir. Pero cuando hay paz y tranquilidad la gente tiene tiempo para pensar en otras cosas que son importantes como el agua y la biodiversidad”.

Fue en 1977 cuando surgieron las primeras iniciativas para reconocer la Serranía como Parque Nacional. Domingo Cárdenas Plata, subdirector de Parques Nacionales, presentó la propuesta. Ya para 1978 esta se consolidó con un grupo de jóvenes empedernidos que se adentraron en el monte. Entre ellos Jaime Ardila:

“Me decían: cuidado ‘Mono’, cuidado le pasa algo por allá”.

Con el permiso de paramilitares para transitar solo durante el día dentro de la Serranía, lograron fotografiar por primera vez aquel paisaje. La entrada, en teoría, fue lo más fácil; el camello vino después. En los dos años siguientes se constituyó el Grupo Ecológico Yariguíes para apoyar la instauración de área protegida. En el primer boletín se lee “Parque Nacional Natural Yariguíes-Necesidad de Santander y de Colombia” con títulos así, el colectivo repartió cartillas, escritos y hasta mapas.

La gente, desde el casco urbano, redescubrió la Serranía. Pocos creían que existieran personas con tantas agallas. El problema fue que los grupos al margen de la ley hicieron presión en las alcaldías de los municipios y el proceso se dilataba; además, para Parques Nacionales resultaba riesgoso venir a una zona violenta y, con los años, se rumoró que organizaciones tenían intereses ocultos, como el de reducir las hectáreas de bosque para utilizarlas en el famoso Proyecto Hidrosogamoso.

A pesar de las circunstancias, para el año 2000 los municipios que rodean la Serranía de los Yariguíes conformaron la Asociación de Municipios de Yariguíes Agropecuarios (AMAIC). De esta manera, se retomó la idea de Parque Nacional y se empezaron las investigaciones ambientales en el territorio.

El 14 de mayo de 2005 en una de las montañas de la Serranía se enterraba una valla cuyo título era: “Parque Nacional Natural Serranía de los Yariguíes”.

Desde ese día aquel pedazo de tierra representó la lucha y el postconflicto de la comunidad. Entre negociaciones con los campesinos se lograron recuperar tierras para la conservación ―o al menos eso dicen algunos y otros reclaman―. Blanco, entre su entusiasmo y curiosidad por la ecología, cuenta: “la alegría para mí es que hoy el predio donde yo viví 37 años esté totalmente restaurado por árboles de 8, 9 y 10 metros. Me siento satisfecho porque le aporté algo a los pulmones de Santander y del mundo”.

La Serranía de los Yariguíes toma significado con su gente, con el cúmulo de historias que alberga; porque eso es lo que queda al final: Moreno, recordando el día en que perdió su pierna; Blanco, su niñez en liana y la mula peculiar; Jaime, su amigo perdido en la serranía; Leonardo, los niños con caucheras; Yuli, las fotografías del oso de anteojos; y Gloria, el camino de rocas que cuando llueve se inunda.

Si bien la Serranía de los Yariguíes tiene sus límites establecidos, no son suficientes para definirla. Serranía es más que un sitio, significa vida llena de misterio ―como la misma selva densa que encarna―. En el limbo estarán muchas historias martilladas por el olvido, imposibles de escarbar en poco tiempo. Se habla de especies encontradas cada tanto ―de una boa constrictor hace poco―, pero los cimientos de una casa colonial que vimos enterrada en una de sus fincas solo despertó el sentimiento de no conocer nada acerca de ese bosque. 

Ver detalles de este especial en detrás de cámaras

 
 
 

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