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Foto: Julián Sandoval/Plataforma Digital UPB.

Bolo criollo: el rescate de una expresión cultural y deportiva

Periodista: María Paula Plata / Julián Felipe Sandoval Durán
Correo periodista: /
Edición: Zully Andrea Velazco Carrillo
Correo de editor:
Escuchar crónica sobre la historia del bolo criollo 

Hace 200 años, en el municipio de Macaravita de la provincia de García Rovira, nació una expresión cultural popularizada como un deporte en Santander, a tal punto de instaurarse en las familias, especialmente en las zonas rurales del departamento comunero. A esta actividad se le conoce como el bolo criollo.

Una modalidad deportiva que cuenta con una trayectoria amplia, iniciando como una necesidad de entretenimiento en los campos y veredas, donde los arrieros que movilizaban las mercancías, cargaban siempre con una bola de madera y a orilla del camino pues había escenarios ásperos y llenos de arena. Los residentes de las zonas aledañas prestaban los palos, y así jugaban partidos largos apostando la quedada de la noche, el guarapo y hasta sus propios animales.

Estos partidos se han realizado durante décadas, pero cada vez van cambiando las reglas y la forma de juego. La más reciente consta de la ubicación de un tronco o una línea en el suelo intentando marcar la salida a lo que el participante se ubica detrás y cuando ya esté listo selecciona “la bola de confianza”. Todas pesan alrededor de dos libras y están hechas de aluminio, pero según Héctor Hernández Mateus, asesor y especialista del bolo criollo en Santander, hay una que da la “suerte” y es allí cuando el competidor intenta lanzar la bola lo más lejos posible para tumbar los tres palos, hechos de madera, los cuales se encuentran ubicados al otro extremo de los jugadores, aproximadamente a diez metros, en línea recta, uno detrás de otro. (Ver infografía sobre cómo se juega el bolo criollo).

Es notorio cómo el bolo criollo ha ido en decadencia, perdiendo su importancia en el pueblo santandereano, especialmente los ciudadanos del área metropolitana de Bucaramanga, donde solo se cuenta con 15 canchas para la disputa de los partidos. A pesar de que esta expresión cultural está en detrimento, personas como Hernández Mateus están a favor de su conservación: “Queremos que el bolo criollo no desaparezca del imaginario de la comunidad y que permanezca para las futuras generaciones”.

​Al igual que Héctor Hernández, la familia Durán Rey no quiere que el bolo criollo se extinga, siendo una tradición que ha calado en todas las generaciones como sucedió con Ángela Moreno Durán, quien narra entre risas lo que primero se le viene a la mente cuando le dicen ‘bolo criollo’. “Me trae muy buenos recuerdos porque siempre nos reuníamos en la finca de mis abuelos con toda la familia (…), pero hoy en día no le dan al bolo criollo la importancia que se merece porque a los jóvenes les da ‘oso’ practicar este deporte, ya que está de moda jugar el bolo americano y al bolo criollo lo ven despectivamente”. Doña Herminia Rey, abuela de Ángela Moreno relata que “ahora con los jóvenes es difícil, porque ellos se dedican a otras actividades (...) y no comparten con la familia, llegando a un punto donde se alejan de la sociedad, dejando de lado esta práctica y sus riquezas”.

​Herminia Rey de Durán fue la mujer que integró el bolo al corazón de su familia y cuenta que la primera vez que jugó fue a la edad de 40 años cuando vivía en el municipio de Lebrija, en Santander, cuando en un evento que se estaba preparando exclusivamente para los hombres de la región. Tuvo la idea de hacer uno también para mujeres alegando que “también tienen el derecho de hacer parte de este deporte”; desde entonces, es más que una expresión cultural, se convirtió en una tradición familiar que terminó por inculcarle a sus hijos, quienes terminaron formando parte de un equipo de bolo criollo y asimismo, participando en los diversos campeonatos. (Escuchar especial radial en Emisora Estación V).

De acuerdo con Orlando Acevedo Pinzón, coordinador de la Secretaría de Cultura de Santander, el bolo criollo “es considerado un deporte tradicional en Santander, (…) mas no una actividad artística y cultural”. No obstante, la ordenanza número 036 del 6 de diciembre de 2010, institucionaliza al bolo criollo como una expresión cultural y a su vez, como una modalidad deportiva.


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