Fotos:IG de Fenalco Santander
Son las nueve de la mañana y el sol de Bucaramanga se filtra por las persianas de la oficina de Fenalco Santander. Sobre el escritorio, los papeles reposan en orden perfecto, junto a un marcador borrable con el que Alejandro Almeyda Camargo escribe directamente sobre el vidrio que cubre la mesa. Mientras me saluda se sirve un poco de agua y sonríe con una mezcla de cordialidad y prudencia.
Los primeros diez minutos de conversación transcurren entre respuestas pausadas. Mantiene la vista fija en los documentos y en los diplomas que decoran la pared. Su tono es seguro pero reservado, como si todavía midiera la distancia entre la formalidad y la confianza. Sin embargo, a medida que la entrevista avanza y las preguntas se vuelven más personales su mirada empieza a encontrarse con la mía. La voz se hace más cálida y el tono más humano; a partir de ahí la conversación fluye.
Antes de los títulos, las reuniones con ministros o los encuentros con el presidente de la república, Alejandro Almeyda fue un joven vendedor. Su primer trabajo fue en el almacén de ropa de sus tíos. Tenía apenas quince años cuando aprendió a doblar camisas, atender clientes y hacer cuentas a mano. Allí conoció el valor de la constancia, de hablar con respeto y de entender que cada venta era una relación de confianza.
Años después vendió planes de celulares. Recuerda ese tiempo con cariño: “ese trabajo me enseñó a perder el miedo, a entender que todos empezamos desde abajo”, dice mientras acomoda unos documentos y toma otro sorbo de agua. Es que ese joven que recorría esquinas terminaría sentándose frente a gobernadores y mandatarios representando a miles de comerciantes de Santander: “cuando uno llega a esas mesas, entiende que no está ahí por uno mismo, sino por la gente que confió en su liderazgo. Y claro que da miedo. A veces todavía lo da”, confiesa con una sonrisa contenida.
Tenía veintiocho años cuando fue nombrado director ejecutivo de Fenalco (Federación Nacional de Comerciantes), convirtiéndose en el más joven en ocupar ese cargo en la historia del gremio. Recuerda el día en que se sentó por primera vez en la silla del director: “sentí que la mesa era demasiado grande y yo demasiado pequeño. Me temblaban las manos. Me sentía como un niño jugando a ser jefe”, relata mientras recorre la oficina con su mirada.
Con el tiempo, esa silla dejó de intimidarlo. Entendió que la autoridad no viene con el cargo sino con las acciones. Aprendió a escuchar, a rodearse de un equipo leal y a confiar en la experiencia de quienes llevaban años en la institución. Habla con gratitud de su grupo de trabajo: “nada de lo que hemos logrado ha sido solo mío. Fenalco funciona porque hay un equipo detrás que cree en lo mismo que yo: que sembrar con esfuerzo siempre trae una buena cosecha”. Esa frase —“sembrar para cosechar”— es su lema de vida.
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Su gestión al frente del gremio ha sido una mezcla de modernidad y sensibilidad social. A lo largo de catorce años ha fortalecido las mesas sectoriales, promovido la digitalización del comercio y ha abierto espacios para los jóvenes emprendedores. Cree que el desarrollo regional no se mide solo en cifras sino en oportunidades. “Lo más importante es que el comerciante sienta que no está solo, que detrás hay una organización que lo escucha y lo respalda”, afirma.
Durante la pandemia su liderazgo se puso a prueba. Muchos empresarios perdieron todo, pero él no bajó la guardia. Lideró estrategias de apoyo y programas de reactivación: "fue una época dura, pero también fue cuando entendimos que la unión gremial es nuestra mayor fortaleza”.
Mientras habla no puede evitar mirar los diplomas de su carrera en Ingeniería de Mercados, su especialización en Gerencia Estratégica, y su maestría en Gerencia de Negocios. Cada título representa un esfuerzo y una siembra. “Cuando los miro, me acuerdo de todo lo que costó llegar aquí. Por eso creo que uno no debe olvidar de dónde viene”, dice.

“Mi esposa y mis hijos son mi equilibrio”, comenta con una expresión de cercanía y orgullo. Además, añade que: “uno puede ser líder afuera, pero si no lo es en casa, algo falla”. Disfruta las noches tranquilas, las cenas en familia y las conversaciones sin protocolos. Los fines de semana suele desconectarse para dedicar tiempo a sus hijos.
Alejandro se inclina hacia atrás, cruza las manos sobre la mesa y reflexiona sobre lo vivido. Todo ha sido un proceso porque como él dice: “el miedo nunca desaparece, pero uno aprende a caminar con él”.
Confiesa que ha pensado en dejar su cargo para abrir paso a nuevas generaciones. “Fenalco merece seguir creciendo con ideas frescas. Yo tuve mi tiempo para sembrar; ahora otros deben cosechar y volver a sembrar a su manera”, comenta.
Luego borra lo escrito en el vidrio con un paño húmedo. “Así trabajo —dice entre risas—, planeo, escribo, borro y vuelvo a empezar. El comercio es así: cambiante, pero apasionante”.
Afuera, el sol de Bucaramanga sigue filtrándose por las persianas tiñendo la oficina de una luz suave. En el escritorio ya no quedan rastros del marcador.




