Alfredo Ferrer todavía nos habla de fútbol no como jugador, sino como alguien que ama hasta el más mínimo detalle de este deporte. Aunque dejó el fútbol profesional hace décadas, el deporte continúa ocupando buena parte de su vida. Primero fueron las canchas del barrio Mutis, después los estadios y las concentraciones con diferentes equipos del país y, con el paso de los años, las escuelas donde comenzó a formar a los jugadores que venían detrás de él.
Su historia comenzó en las calles. En la cuadra 60 del Mutis, Ferrer pasó buena parte de su infancia jugando los llamados torneos interescuadras, en los que los niños de cada sector formaban sus propios equipos. De allí salió el grupo de unos 12 jugadores que un día decidió presentarse a las divisiones menores del Atlético Bucaramanga. Todos comenzaron a jugar, menos él. Durante dos sábados ni siquiera pudo entrar al campo, pero siguió asistiendo. Al tercero empezó a recibir algunos minutos y por cosas de la vida, terminó siendo el único de aquel grupo que permaneció en el proceso.

Ese mismo espíritu lo acompañó durante su carrera. Llegó a la Selección Santander, donde fue campeón nacional en 1981 y posteriormente pasó por Atlético Bucaramanga, Millonarios, Tolima, Quindío y Marítimo de Venezuela. la temporada de 1984 es una de las que más recuerda, donde terminó como uno de los principales goleadores del fútbol colombiano y tuvo la posibilidad de jugar la Copa Libertadores.
Alfredo también estuvo cerca de marcharse a Europa, precisamente para vincularse a las inferiores del Real Madrid, pero una mala jugada por parte de los directivos de la época causó que su llegada al club español no se concretara. Posterior a sus 28 años decidió retirarse del profesionalismo después de lo que describe como varias experiencias de injusticia dentro del fútbol que se vivían en esa época.
¿Qué vino para Alfredo después del retiro?
El retiro no significó alejarse de las canchas. Ferrer ya había dirigido equipos en diferentes lugares de Santander y comenzó a desarrollar una escuela de fútbol que lleva cerca de 25 años. En uno de sus mejores momentos llegó a trabajar con alrededor de 120 niños en diferentes categorías. Su intención, dice, siempre estuvo ligada a la formación: enseñar a los más pequeños y transmitirles los valores que él recibió durante sus primeros años como futbolista, especialmente la disciplina y la constancia.
Su experiencia también le ha permitido ver cómo ha cambiado el camino hacia el profesionalismo. Ferrer considera que hoy existen mayores barreras económicas para los jóvenes que buscan una oportunidad y recuerda que su propia generación llegó al fútbol principalmente a través de las ganas y la dedicación. Un panorama contrario al que se vive hoy en día con las altas exigencias económicas que se les piden a los jugadores para tan solo poder hacer su debut.
A pesar de los años, Ferrer todavía contempla la posibilidad de dirigir profesionalmente. Hace aproximadamente cinco años recibió una invitación del técnico Jorge Luis Pinto para trabajar junto a él, pero decidió no aceptar porque en ese momento estaba cerca de completar su tiempo de trabajo en el Acueducto de Bucaramanga. La conversación, sin embargo, dejó una puerta abierta.“No cierro la posibilidad ni nada”, cuenta Ferrer, quien reconoce que el fútbol moderno exige seguir preparándose y que todavía le gustaría asumir ese reto.
Por ahora, su camino con el deporte continúa desde la formación. Ese mismo jugador que alguna vez tuvo que insistir para conseguir unos minutos en las divisiones menores del Bucaramanga ahora intenta transmitir esa perseverancia a quienes llegan a sus escuelas. Para él, llegar al fútbol profesional nunca fue cuestión de tener el camino asegurado, sino de mantenerse en él a pesar de las dificultades.Su mensaje para los jóvenes resume también buena parte de su propia historia: “Esto es una vocación (…) uno tiene que enfocarse en insistir, persistir y no desistir”.




